lunes, 16 de mayo de 2011

Sorpresa

No hace falta. Una persona puede confiar en sí misma y salir adelante sin problemas. No tiene porqué necesitar a alguien para "desahogarse", término que para mí es un bulo. Papá, mamá y Carlos. Esa es mi principal familia, la que nunca se irá, y la única que sé que nunca me hará daño. Ni voluntario ni involuntario. No es imprescindible contar problemas, ni un hombro donde llorar, ni a nadie a quien dar la murga. Si alguien necesita ayuda la pide, pero contar cosas por contar, esperando que alguien totalmente incapaz de solucionarte un problema te lo solucione, es intentar dar lástima. Lo sé porque era así, o lo soy, o yo qué se. Si te preocupa una cosa, túmbate en tu cama, piensa a fondo y actúa. ¿Es mío el problema? Pues voy, me rebajo a pedir perdón, reconocer errores y hago cosas por solucionarlo. ¿No soy yo el problema? Pues se echa en cara, se discute, se debate, se habla, y se buscan soluciones. Se buscan, no siempre tiene porqué haberlas. 

Así es como veo yo la vida. Aunque después de todo esto, la gente que de verdad me conoce, sabe que tiene que seguir haciendo lo que hacía. Todos somos hipócritas, ¿o no?

viernes, 13 de mayo de 2011

La maravillosa fábula del mono Genaro

Érase una vez, un mono muy simpático, pero un tanto feo, que se moría por comer plátanos. Era su plato favorito. No le gustaba otra fruta. Había más, pero él prefería los plátanos.

Nuestro amigo, de nombre Genaro, que tendría entre 18 y 22 años si lo comparáramos con la edad humana, no comía con mucha regularidad plátanos, ya que en el zoo de Villadelfresno, encerrado en una jaula con otros amigos suyos, sólo podía conseguir este premio tan ansiado cuando hacía reír a los visitantes, contando chistes sobre zarigüeyas o mapaches, y era entonces cuando de vez en cuando algún simpático dominguero le lanzaba esta fruta. Había veces, incluso, que recibía una ristra, y así podía disfrutar de su manjar por más tiempo.

Pero al bueno de Genaro siempre le pasaba lo mismo. La misma desgracia. Cuantas más ganas tenía de comer plátanos, menos le tiraban, e incluso había veces que le tiraban plátanos cuando ya se estaba comiendo otro, y como este plátano no se lo podía comer, otro compañero de jaula se lo quitaba. Pero eso no era lo peor. Genaro, muchas veces, veía plátanos de forma especial, eran plátanos de Canarias, plátanos gourmet, que disfrutaba como un mono-enano cuando se los comía... pero al final de acabar esta fruta con ese sabor tan especial, le daba dolor de barriga.

A partir de un día de septiembre, Genaro vio pasar a una vigilante del zoo con uno de esos plátanos en el bolsillo, paseándose por delante día tras día, excepto los fines de semana, y empezó a contar todos los chistes que se sabía para poder conseguir ese manjar. Sólo quería ése. Durante año y medio estuvo suspirando por ese plátano. Sabía que era el elegido. Era el último plátano que comería, incluso le prometió a su amigo mono José que si no conseguía comerse ese plátano, moriría de hambre, porque no quería comer otro plátano que no fuera ese:

- A ver, Genaro, no es para tanto. Puedes comer cualquier otros plátanos mientras, ¿no?
- Sí, pero no va a ser lo mismo, José. Yo quiero ese.

Pero en el fondo, Genaro sabía que si se comía ese plátano, más delicioso que cualquier otro, más sabroso y jugoso que cualquier manjar que haya comido en su vida, también sería el que peor le sentaría, aunque él siempre pensaba en una drástica solución: morirse mientras estuviera comiendo ese plátano. Entonces, su amigo José le hizo entrar en razón.

- Puedes hacer dos cosas. La primera, es pasar de ese plátano. Seguro que cualquier otro visitante a la larga te acabará trayendo un plátano mejor, gourmet, y que no te siente mal. O si no, lo que puedes hacer, es intentar robarle el plátano a la vigilante. Échale huevos y mángaselo en cuanto baje la guardia. Pero eso sí, si te pilla y no lo da, la vigilante se enfadará contigo y te dará una pastilla que te dará el mayor dolor de barriga que jamás hayas tenido, y te habrás quedado sin plátano. Eso sí, si consigues el plátano, lo disfrutarás mucho, pero te acabará dando dolor de barriga, porque nadie se muere comiendo un plátano.

Resignado, Genaro aceptó la primera opción. Era la mejor. Así que esperó más plátanos normales. Prometió nunca más probar un plátano gourmet, no merecía pasar más dolores de barriga. Hasta que una fatídica noche, le tiraron un plátano y se lo comió sin pensarlo. Ahora Genaro llora porque tiene dolor de barriga. No vio venir ese gourmet.


lunes, 9 de mayo de 2011

Estoy enamorado

No, no lo estoy. O al menos en la idea que se crea. Pero ya que he captado tu atención, quédate un ratito, anda. 

Enamorarse significa sentir amor. En ese caso, lo estoy. Todos lo estamos. No hay nadie en el mundo que no sienta amor por alguna persona, animal o cosa. Pero en esta vida moderna, y afectada por el cambio de significado de esa palabra, acción, verbo, lo que sea, significa otra cosa: Significa sentir amor, pero sin contar a la familia. Cuando dices a alguien que estás enamorado, espera un sólo nombre, el nombre de la persona que acabará siendo cónyuge tuyo por voluntad propia y mutua.

Yo estoy enamorado de hombres y mujeres. Soy heterosexual. Lo digo en un bar, y me dicen que es una contradicción, o me piden una explicación posterior. Estoy seguro. Mi padre es un hombre, mi hermano es un hombre, mis tíos son y mis primos son hombres. Soy heterosexual, insisto.

Cuando tienes 21 años, es muy improbable que pienses que estás enamorado de alguien ajeno a tus apellidos. Miento. Lo piensas, pero en mi opinión, están equivocados. Una pareja de adolescentes de 13 a 20 años piensan que están enamorados. Pero con sólo dudar una sola milifracción de segundo, que "esto se acabará de un momento a otro, a la larga", no lo estás. Y estoy seguro que todas las parejas que de verdad no lo sienten, lo han pensado. Otras, la obsesión no les deja pensar y se autoengañan. Yo no pienso en el amor como algo que se acabe. Hay que ser muy hijo de puta para que alguien que siente amor por ti, deje de hacerlo. Siento amor por mi familia. Sé que el amor por mi madre no acabará, por eso sé que estoy enamorado de ella. Cualquier novia que dura un mes, no es amor. Es atracción sexual, cariño en diferente grado de intensidad, costumbre por una rutina conjunta, pero el amor, para mí, y en esa idea que excluye a la familia, es el que durará toda la vida. 

Y, claro está, que no se puede llamar amor a algo que todavía no se ha demostrado. No se siente amor completo por alguien que no lo siente por mi. El sexo, va por otro lado. El cariño de la pareja, por otro. No utilicemos en vano la palabra "amor". Es demasiado bonita como para desgastarla.