viernes, 13 de mayo de 2011

La maravillosa fábula del mono Genaro

Érase una vez, un mono muy simpático, pero un tanto feo, que se moría por comer plátanos. Era su plato favorito. No le gustaba otra fruta. Había más, pero él prefería los plátanos.

Nuestro amigo, de nombre Genaro, que tendría entre 18 y 22 años si lo comparáramos con la edad humana, no comía con mucha regularidad plátanos, ya que en el zoo de Villadelfresno, encerrado en una jaula con otros amigos suyos, sólo podía conseguir este premio tan ansiado cuando hacía reír a los visitantes, contando chistes sobre zarigüeyas o mapaches, y era entonces cuando de vez en cuando algún simpático dominguero le lanzaba esta fruta. Había veces, incluso, que recibía una ristra, y así podía disfrutar de su manjar por más tiempo.

Pero al bueno de Genaro siempre le pasaba lo mismo. La misma desgracia. Cuantas más ganas tenía de comer plátanos, menos le tiraban, e incluso había veces que le tiraban plátanos cuando ya se estaba comiendo otro, y como este plátano no se lo podía comer, otro compañero de jaula se lo quitaba. Pero eso no era lo peor. Genaro, muchas veces, veía plátanos de forma especial, eran plátanos de Canarias, plátanos gourmet, que disfrutaba como un mono-enano cuando se los comía... pero al final de acabar esta fruta con ese sabor tan especial, le daba dolor de barriga.

A partir de un día de septiembre, Genaro vio pasar a una vigilante del zoo con uno de esos plátanos en el bolsillo, paseándose por delante día tras día, excepto los fines de semana, y empezó a contar todos los chistes que se sabía para poder conseguir ese manjar. Sólo quería ése. Durante año y medio estuvo suspirando por ese plátano. Sabía que era el elegido. Era el último plátano que comería, incluso le prometió a su amigo mono José que si no conseguía comerse ese plátano, moriría de hambre, porque no quería comer otro plátano que no fuera ese:

- A ver, Genaro, no es para tanto. Puedes comer cualquier otros plátanos mientras, ¿no?
- Sí, pero no va a ser lo mismo, José. Yo quiero ese.

Pero en el fondo, Genaro sabía que si se comía ese plátano, más delicioso que cualquier otro, más sabroso y jugoso que cualquier manjar que haya comido en su vida, también sería el que peor le sentaría, aunque él siempre pensaba en una drástica solución: morirse mientras estuviera comiendo ese plátano. Entonces, su amigo José le hizo entrar en razón.

- Puedes hacer dos cosas. La primera, es pasar de ese plátano. Seguro que cualquier otro visitante a la larga te acabará trayendo un plátano mejor, gourmet, y que no te siente mal. O si no, lo que puedes hacer, es intentar robarle el plátano a la vigilante. Échale huevos y mángaselo en cuanto baje la guardia. Pero eso sí, si te pilla y no lo da, la vigilante se enfadará contigo y te dará una pastilla que te dará el mayor dolor de barriga que jamás hayas tenido, y te habrás quedado sin plátano. Eso sí, si consigues el plátano, lo disfrutarás mucho, pero te acabará dando dolor de barriga, porque nadie se muere comiendo un plátano.

Resignado, Genaro aceptó la primera opción. Era la mejor. Así que esperó más plátanos normales. Prometió nunca más probar un plátano gourmet, no merecía pasar más dolores de barriga. Hasta que una fatídica noche, le tiraron un plátano y se lo comió sin pensarlo. Ahora Genaro llora porque tiene dolor de barriga. No vio venir ese gourmet.


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